Manual del Inadaptado Lúcido – Temporada 3, Episodio 3
Título: Manhattan y la probabilidad de un encuentro
La ciudad de Nueva York es enorme.
Su área metropolitana alberga cerca de veinte millones de personas.
Pero hay un detalle fascinante:
solo la isla de Manhattan concentra alrededor de dos millones de habitantes.
Una de las densidades humanas más intensas del planeta.
Así que hoy voy a usar una unidad de medida poco habitual.
No kilómetros.
No millones.
Voy a usar la Unidad Manhattan.
Una isla llena de gente caminando, hablando, soñando, tropezando con el destino en cada esquina.
Porque los números grandes —los verdaderamente grandes— tienen un problema:
los decimos con naturalidad…
pero casi nunca comprendemos su verdadera dimensión.
Por ejemplo.
En gran parte del mundo hispanohablante, un billón significa un millón de millones:
un uno seguido de doce ceros.
Pero en Estados Unidos, un billion es simplemente mil millones:
un uno con nueve ceros.
Tres ceros de diferencia pueden parecer poco.
Pero en el universo de los números…
tres ceros son un abismo.
Así que para evitar confusiones hablaremos de miles de millones.
Ahora hagamos un pequeño experimento mental.
Imaginemos que Sudamérica estuviera formada por islas de Manhattan colocadas una al lado de la otra, todas con la misma densidad de población.
Tendríamos aproximadamente 502 mil millones de personas viviendo allí.
Sí.
Solo en Sudamérica.
Y si llenáramos de Manhattans toda la superficie de América del Sur, América Central y América del Norte, la cifra subiría a 1.213 miles de millones de personas.
Eso sería 146 veces la población actual del planeta…
solo en las tres Américas.
Los números grandes empiezan a sentirse extraños, ¿verdad?
Ahora cambiemos de mesa.
Vayamos a un casino.
En una ruleta europea hay 37 casillas.
Eso significa que acertar un número exacto tiene una probabilidad de 1 en 37.
En la ruleta americana, con doble cero, la probabilidad baja a 1 en 38.
No parece imposible.
Pero tampoco es algo que ocurra todos los días.
Ahora subamos la apuesta.
Ganar la Lotto de Miami tiene una probabilidad de aproximadamente 1 en 22.957.480.
En nuestra unidad Manhattan eso significa algo así como
una persona entre doce Manhattans completos.
El EuroMillions, en cambio, es aún más caprichoso.
La probabilidad del premio mayor es 1 en 139.838.160.
Eso sería una persona entre setenta y cuatro Manhattans llenos de gente.
Ya empezamos a hablar de eventos raros.
Pero todavía no hemos salido del planeta.
Porque la vida en la Tierra no ha sido un proceso continuo.
Ha sido algo mucho más dramático.
Una serie de reinicios.
Los geólogos los llaman extinciones masivas.
En los 4.500 millones de años de historia del planeta han ocurrido al menos cinco grandes.
La más devastadora fue la extinción Pérmico–Triásica, hace unos 252 millones de años.
Murió entre el 90 y el 96 % de las especies.
La biosfera prácticamente se apagó…
y luego volvió a encenderse.
Un verdadero reboot de la vida.
Cada uno de esos reinicios es como si alguien volviera a lanzar los dados de la evolución.
Y aun así, después de todos esos cataclismos, ocurrió algo extraordinario.
Hace apenas cien años, en términos tecnológicos, apareció una especie capaz de construir radios, telescopios, computadoras y satélites.
Cien años.
En una historia planetaria de 4.500 millones.
En nuestra unidad Manhattan…
eso sería algo así como una sola persona caminando en veintidós islas de Manhattan juntas.
Un evento estadístico diminuto.
Y sin embargo… ocurrió.
Pero ahora ampliemos el escenario.
Solo un poco.
Nuestra galaxia: la Vía Láctea.
Esa franja de luz que aparece en las noches oscuras sin luna.
Allí hay entre 100 mil millones y 400 mil millones de estrellas.
Y los estudios actuales sugieren que podrían existir entre
10 mil millones y 40 mil millones de planetas potencialmente habitables.
Pero que un planeta sea habitable
no significa que tenga vida.
Y que tenga vida
no significa que tenga inteligencia.
Aquí aparece una idea famosa en la ciencia:
la ecuación de Drake.
Un intento de estimar cuántas civilizaciones tecnológicas podrían existir al mismo tiempo en nuestra galaxia.
Y aquí aparece un problema fascinante.
No basta con que existan dos civilizaciones.
Deben coincidir en el tiempo.
Si una desarrolló tecnología hace diez millones de años
pero desapareció hace nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos…
nunca nos cruzaremos.
Es como si dos personas intentaran llamarse por teléfono:
una en 1920
y la otra en 2050.
La línea jamás los conectará.
Supongamos que en toda la historia de la Vía Láctea hayan existido veinte mil civilizaciones tecnológicas.
La probabilidad de que otra esté transmitiendo justo ahora podría ser apenas alrededor del 2 %.
Y eso…
solo en nuestra galaxia.
Porque la Vía Láctea no está sola.
En 2016 uno de los cálculos más serios estimó que existen aproximadamente
dos mil millones de galaxias en el universo observable.
Si cada galaxia fuera una persona…
la Vía Láctea sería una caminando en mil Manhattans juntos.
Y cuando hablamos de planetas potencialmente habitables en todas esas galaxias…
los números dejan de ser comparables con cualquier isla.
Hablamos de decenas de trillones de planetas. Numeros con 18 ceros.
Entre 20 y 80 trillones, según estimaciones de aquel estudio.
Y seguramente hoy 10 años despues de aquel analisis la cifra sea aún mayor.
Planetas que pueden haber vivido sus propias extinciones masivas.
Sus propios reinicios biológicos.
Sus propios experimentos evolutivos.
Sería poco razonable pensar que la inteligencia tecnológica ocurrió una sola vez en todo ese escenario.
Lo que sí puede ser extremadamente raro…
es coincidir.
Tal vez el gran silencio del universo no sea una ausencia de vida.
Tal vez sea simplemente una cuestión de horario.
El cosmos podría estar lleno de voces…
pero cada una habla en siglos distintos.
Y entonces aparece una última reflexión.
Si acertar un número en la ruleta ya parece improbable…
y si ganar el EuroMillions convierte a alguien en noticia mundial…
pensemos por un momento en algo todavía más extraordinario.
Que en un pequeño rincón de la Vía Láctea haya surgido una especie capaz de pensar, de construir telescopios, de escribir poemas y de preguntarse por su propio origen…
ya es, por sí solo, un milagro estadístico.
Pero que además exista otra civilización inteligente, en otro planeta…
que haya sobrevivido a sus propios cataclismos…
que haya atravesado sus propias edades oscuras…
que haya inventado su ciencia, su tecnología…
y que justo en este mismo instante cósmico
esté lo suficientemente cerca
y lo suficientemente viva
como para escucharnos…
Eso no sería ganar una lotería.
Sería ganar todas las loterías del universo al mismo tiempo.
Porque el problema no es solo la distancia entre las estrellas.
El verdadero problema…
es el tiempo.
El universo podría estar lleno de civilizaciones.
Pero cada una llega a la puerta en momentos distintos.
Y curiosamente…
algo parecido ocurre en la vida humana.
Las posibilidades son muchas.
Las personas también.
Algunas más maduras.
Otras todavía en proceso.
Pero lo verdaderamente improbable…
no es que existan.
Lo verdaderamente improbable
es coincidir.
Yo soy apenas un ser humano común.
Uno más caminando en su pequeña Manhattan personal.
Pero tuve la fortuna estadística —casi cósmica— de encontrar a alguien que no es tan común ni tan corriente.
Y desde entonces, incluso después de algunos cataclismos inevitables de la vida…
sigo creyendo en lo mismo que cree el universo desde siempre:
en la evolución natural de las cosas,
en el encuentro entre mundos distintos
y en la misteriosa belleza de las coincidencias improbables.
Porque a veces…
cuando dos historias coinciden en el mismo lugar
y en el mismo instante…
no ocurre algo raro.
Ocurre algo astronómicamente improbable.
Y sin embargo…ocurre.