Episodio 2 – Temporada 3 (Click)
La oveja negra, la sociedad trabajo-céntrica y las civilizaciones preadámicas
Vivimos en una sociedad trabajo-céntrica.
Tan trabajo-céntrica que, antes de preguntar cómo estás, te preguntan qué sos.
Y “qué sos” siempre significa lo mismo:
—¿En qué trabajás?
—¿Qué estudiás?
—¿De qué vas a trabajar?
Cómo te sentís no importa.
Por eso la pregunta “¿Cómo estás?” se responde casi siempre con una mentira educada:
“Muy bien, gracias.”
En esta sociedad existen tres grandes grupos.
El primero:
Los que nunca trabajaron seis horas por día durante un mes continuo
porque nacieron demasiado ricos.
Son admirados por algunos, envidiados por otros
y perdonados por todos.
El segundo:
Los que nunca trabajaron seis horas por día durante un mes continuo
porque nacieron demasiado pobres.
No son admirados ni envidiados.
Son invisibles…
o peor: molestos.
Y el tercero somos nosotros.
Los demás.
Los que sí trabajamos.
Los que sostenemos el decorado.
Como la jornada laboral de ocho horas empieza a resquebrajarse,
voy a usar seis horas diarias como promedio razonable.
Seis horas de vida entregadas por día.
Seis horas multiplicadas por meses.
Por años.
Por décadas.
Y acá aparece la paradoja central de la sociedad trabajo-céntrica:
a los dos grupos que no trabajan, se les permite todo.
Pueden ser genios brillantes
o profundamente mediocres.
Pueden pensar, hablar, delirar, crear, equivocarse.
Pero al grupo que sí trabaja…
no se le permite casi nada.
Conviene —como una suerte de control de plagas—
que este gran grupo piense poco.
Y si piensa, que hable poco.
Y si habla, que sea en voz baja.
Por eso el fútbol —o soccer— en gran parte del mundo,
la NBA, la NFL y la MLB en Estados Unidos,
el rugby y el cricket en los países que alguna vez fueron colonizados por Inglaterra,
funcionan como el primer freno
al riesgo más peligroso para las estructuras de poder:
pensar…
y decir lo que uno piensa.
Si eso no alcanza, viene la religión.
Y si la oración no funciona,
te llenamos la casa de alcohol
o los bolsillos de drogas.
Así se explica por qué está tan bien visto hablar de obviedades
y tan mal visto no hacerlo.
Como antídoto existe este podcast.
Manual del inadaptado lúcido fue diseñado para expresar incomodidades de la vida común,
para que ser la oveja negra de la familia
o del barrio
no sea una experiencia tan solitaria.
Las reuniones sociales —presenciales o virtuales—
son el mejor laboratorio para comprobar todo esto.
Mientras hablemos de lo previsible, todo fluye.
Pero basta que alguien mencione un tema incómodo
para que la reunión estalle
y los que osaron hablar
sean simbólicamente crucificados.
La Biblia dice que eso ya pasó una vez.
“Porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.”
Apocalipsis 3:15
El Apocalipsis fue escrito cincuenta años después de la muerte y resurrección de Cristo.
Y aunque parezcan opuestos irreconciliables,
la Biblia…
y Nietzsche…
dicen algo muy parecido.
El Cristo de Friedrich Nietzsche
y el Cristo de la Iglesia Católica
tienen poco que ver entre sí.
Para Nietzsche, Jesús no fue hijo de Dios
ni fundador de ninguna iglesia,
sino un hombre humilde, bondadoso y sensible.
Y sin embargo, mil setecientos años después del Apocalipsis,
el ateo Nietzsche sintonizó la misma frecuencia cuando escribió:
“Cuando nos transformamos,
los que no se han transformado
se convierten en los fantasmas de nuestro propio pasado;
su voz resuena en nuestros oídos
como si viniera de la región de las sombras,
como si nos oyésemos a nosotros más jóvenes,
más duros,
menos maduros.”
Cada vez tengo más claro que la línea política
se elige como el club de fútbol.
De chico.
Y no se cambia nunca.
El género puede cambiarse.
La religión también.
Pero el equipo… no.
En los países gobernados por la pelota redonda,
el club es identidad prenatal.
La grieta futbolera es tan irreconciliable
como la de izquierda y derecha,
como los ganadores del Grammy 2026,
los antivacunas,
los negadores del cambio climático,
los terraplanistas
y los que escuchan música distinta a la nuestra.
Y cada vez tengo más claro algo más incómodo todavía:
en cualquier momento habrá una presentación oficial
de al menos una raza superior no humana.
No sé si viene de fuera del planeta
o de capas profundas del tiempo.
Pero existe.
Desde épocas preadámicas.
Una raza que siempre acompañó la evolución humana
y que ya diseñó una agenda de comunicación
para que, cuando aparezca,
no impresione demasiado
ni a los que nunca trabajaron seis horas
ni a los que sí lo hicimos.
Y para cerrar, me despido
con una idea extraordinaria de Nietzsche:
“Como individuos haremos lo posible
para evitar ser expulsados de la tribu a la que pertenecemos.
Pero si alguna vez logramos dejar el temor atrás
y nos echan,
aunque al principio estemos solos y llenos de miedo,
muy pronto descubriremos
que ningún precio es tan alto
como para renunciar al privilegio
de ser nosotros mismos.”
Nos escuchamos en el próximo episodio.

