1977 :conexiones y galaxias ◇ Podcast

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Me acuerdo cuando fui al estreno de la película Guerra de las Galaxias 1, Star Wars, en 1977. Era en un cine enorme, de esos de 2,000 personas que había antes. Una cola que dejaba a gente afuera. Tenías que ir temprano, hacer la cola y esperar para entrar. Todo lo que se perdió, porque hoy el cine lo tenemos en casa, las películas y las series se ven en el hogar, on demand, en un streaming, como sea. Antes no era así. Y no hace mucho, en un pasado relativamente cercano, no era así.

​Recuerdo perfectamente la película Star Wars, que hasta hoy la saga se ve en un montón de plataformas, y las generaciones actuales creen que es un invento de esta generación. Una mente sofisticada, la que en el año 77 vio lo que podría ser el futuro y la tecnología. Seguramente una mente que, como la mía, había sido impactada por el alunizaje de 1969, cuando mi generación fue testigo del primer pie en la Luna. Fue algo conmovedor para todos los que pertenecemos a esa generación. Y, posteriormente, también fue conmovedor el estreno de Guerra de las Galaxias, como lo fue el estreno de Tiburón, que ahora se estrena de vuelta.

​Volviendo a Guerra de las Galaxias, los personajes que acompañaban a los humanos eran dos: uno dorado con forma humana que se llamaba C-3PO, que hablaba de un modo sintético, y el otro era un petisito cuadradito como una mesa de luz con ruedas, que se llamaba R2-D2. Sonaba como el nombre Arturo. Los dos hablaban en un lenguaje raro, pero si fuera lo que se espera hoy, hablarían perfecto. Con la inteligencia artificial, C-3PO y R2-D2 hablarían perfectamente, porque la IA ya estaría instalada dentro de sus circuitos. Los que crearon Guerra de las Galaxias no pensaron que el mundo se movería tan rápido.

​Más aún, en ese año, que fue un año astronómico o galáctico, se lanzaron dos sondas: la Voyager 2 y la Voyager 1, con 15 días de diferencia. Eso fue más o menos en septiembre del 77. Para mi sorpresa y la del mundo científico, esas sondas siguen activas, siguen enviando información y están en un lugar interestelar que no se sabe ni cómo definir, a 166 veces la distancia de la Tierra al Sol. O sea, lo lejos que está el Sol para la Tierra, multiplicado por 166. Esa es la distancia a la que están hoy las dos sondas.

​Viajan a una velocidad sorprendente. Si yo fuera a un partido de fútbol de noche y me pusiera a ver el cielo, vería algún satélite pasar. Pero si estos Voyager dieran vueltas alrededor de la Tierra, yo los vería pasar dos veces durante el partido de fútbol, ¡de tan rápido que van! Van a 61,000 kilómetros por hora, mientras la Tierra tiene una circunferencia de 40,000. Dan una vuelta y media a la Tierra por cada hora. Es sorprendente que sea tecnología del 77, que se acuñó en el 69 y que seguramente nació en los 60. Como mi generación.

​Es sorprendente que estemos todavía en este mundo que ha cambiado tanto, cuando fuimos de ese mundo tan lejano, y algunos tratamos de mantenernos actualizados con la información y las cosas que vemos todos los días. Y dándole un giro a esto, me doy cuenta de que la gente que se crió junta, que nació junta, como el despegue de la Voyager 1 y la 2 en el mismo entorno y mundo, aunque la distancia sea gigantesca, siguen viviendo cosas similares. Como gemelos separados en un tiempo que no fue el nacer, sino años después, que siguen caminando sus caminos. Se separaron, pero viven cosas similares a pesar de la distancia.

​Hace poco me enteré que la comunicación cuántica tiene algo que se llama... bueno, tiene un nombre en alemán, que no lo voy a decir porque no hablo alemán, pero hay una conexión entre partículas distantes que arrancaron juntas. Si una partícula gira hacia un lado, la otra, a 1,000 kilómetros, también gira en la misma dirección y a los mismos ángulos. A eso se le llama "movimiento fantasmagórico". El mismo movimiento fantasmagórico que creo que tiene el hilo rojo que conecta a la gente. Quizás sea en otra vida, en otro momento de la genealogía. Porque hay gente que, casualmente, nosotros que somos todos inmigrantes, en mi caso y en el de mi señora, que vinieron del País Vasco, probablemente nuestros antecesores se conocían en algún momento, se cruzaron. Provenimos de familias del mismo pueblo, con la diferencia que la mía se quedó en Uruguay y la de mi mujer se fue a Paraguay.

​Pero nos conecta una historia genealógica. Y capaz que antes del País Vasco, antes de ser de ese mismo pueblo, también nos conectaba algo. ¿Por qué hago toda esta referencia a la conexión? Porque me doy cuenta de que estamos conectados permanentemente aunque no queramos. Hay gente que está más conectada que otra. Y cuando la conexión es buena, como en mi caso con mi esposa, soy feliz. Pero cuando uno es infeliz, deben haber fórmulas para romper esos ciclos. Las familias sufren la repetición del ciclo, del ciclo maligno y dañino que destruye hogares e hijos. Los padres repiten situaciones que les pasaron a sus abuelos y no lo saben cortar. En mi caso, sé fehacientemente que mi madre cortó el ciclo. Y en el caso de mi esposa, sé que ella cortó el ciclo.

​Pero, ¿cuántas personas creen que tienen que dar honor a los padres porque los mandatos lo dicen así y repetir los ciclos? Eso es una pregunta que no puedo responder y que creo que tiene mucho más de imposición y de mandato que de realidad y de justicia para la gente que nos toca vivir todavía en este mundo

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​Me presento

Vivimos en un mundo donde lo artificial subroga a lo real.

Se ha perdido, casi sin darnos cuenta, el hábito del contacto físico: sentarnos en una mesa, mirarnos a los ojos, y sostener una conversación que dure más de cuatro segundos. 

Eso es lo que se ha ido diluyendo, no por quejas, sino por pura descripción de la época que nos toca habitar.

La incertidumbre me asalta: ¿cómo subirse a este tren que avanza a toda velocidad? Porque si no nos subimos, quedamos fuera de todo.

Y si no consumimos lo que se consume hoy, debemos inventar un universo paralelo, una especie de VPN existencial: un mundo dentro de otro para poder sobrevivir al que nos pasa por encima.

El bombardeo de información es incesante. Metaanálisis que juntan miles de estudios —algo impensable hace un siglo— nos traen avances enormes, sí, pero también un desgaste mental feroz. Esa avalancha nos empuja al escapismo: al físico y, sobre todo, al digital.

De ahí nacen los contenidos de cuatro segundos, porque cinco ya parecen demasiado. Los mensajes que, si son largos, nadie lee.

 Los audios que, si superan el minuto, se escuchan a doble velocidad con voces falsas, tan falsas como los avatares, tan falsas como la inteligencia artificial que imita lo humano sin sus errores, sin sus titubeos, sin la verdad de una voz que tartamudea pero sigue siendo auténtica.

La artificialidad se infiltra en todo. Rostros filtrados hasta volverse irreales. Modas que unen y separan al mismo tiempo. Inteligencias que llaman “artificiales” mientras la natural parece estar en baja.

Yo, en medio de todo esto, me descubro con una memoria intacta, llena de recuerdos, llena de cosas que quiero dar. 

Y sin embargo, me siento víctima del edadismo. Tengo tanto por compartir, pero a veces siento que me relegan, que la velocidad del mundo me deja atrás.

Por eso este podcast es un acto de necesidad: necesito sentirme útil. Lo digo sin rodeos: necesito sentirme útil.

Que alguien, aunque sea una sola persona, escuche esto y lo tome como suyo, y que algún día me lo haga saber. Eso bastará.

Puede que sean mis hijos, con quienes no tengo relación hace años por razones que todavía no comprendo. Puede que sea alguien a quien lastimé sin intención y que nunca tuve oportunidad de reparar.

 Ese peso lo llevo conmigo, y pido al universo —a Dios, a la fuerza que me sostiene— que me regale tiempo para mostrar con hechos que puedo reparar lo que en algún momento se rompió.

Soy Pablo Mera —o Pablo E.M.G. para el mundo angloparlante—, aunque algunos amigos todavía me dicen “Trompo”. Rugbier de alma, sangre A+, fan de Metallica y Oasis.
Este es mi espacio, Manual del inadaptado lúcido, y mis palabras están —como siempre— en todas las plataformas.

Gracias por regalarme tu tiempo.

Tengo más de 12.950 posts en mi blog pablomera.blogspot.com.
Y si querés escribirme, aquí estoy: tromp@hotmail.com